LECCIONES DEL SIGLO XX.

El Siglo que recién termina deja fundamentales lecciones, ganadas a costa de coraje y sacrificios de millones y millones de seres humanos. Constituyen una herencia histórica de un valor esencial.

LIBERTAD.

Cada vez que se quiso suprimir o limitar seriamente la libertad de los seres humanos, cualquiera fuera la razón “de carácter superior” – un signo ideológico, una persuasión religiosa, un nacionalismo o un racismo –, se terminó por convertir la vida humana en una tragedia. Sea desde la derecha extrema del fascismo y el corporativismo, sea desde la izquierda de los socialismos reales de corte leninista-estalinista, sea de la rigidez del conservadurismo religioso, los seres humanos sufrieron indeciblemente en manos de autoritarismos despóticos que coartaban su libertad. Incluso cuando la misma libertad se convierte en un fetiche unilateral, que instala la libertad económica por encima de todas las demás, como ocurre con el laissez faire de comienzos de siglo y el neoliberalismo de finales, el ser humano termina esclavizado por grupos autoritarios conservadores.

En todos esos casos se crearon sociedades compuestas de amigos y enemigos, de incluidos y excluidos, de santos y pecadores, de esclarecidos y avanzados e inconscientes y atrasados; el progreso económico y la cultura se estancaron; la vida social adquirió un carácter conformista conservador, y el poder político fue controlado por castas autoritarias, habitualmente violentas. Debido a sus ideas, a sus sensibilidades, a sus creencias religiosas, a sus nacionalidades o signos etnográficos y raciales, a su sexo, a sus condiciones o preferencias sexuales, a ciertas minusvalías, los seres humanos fueron perseguidos y exterminados.

Queremos apropiarnos de este legado histórico de libertad, honrarlo, cuidarlo y actualizarlo para este siglo en que estamos.

Más allá de izquierda y derecha: Libertad v/s Autoritarismo.

Nos hemos reunido porque nos preocupa Chile y queremos ofrecerle un liberalismo cultural, moderno y democratizador, que termine con el Chile de las prohibiciones. No nos acomodan las categorías de izquierda y derecha: herencias del siglo pasado, destruyen la libertad de distintas maneras, pero resultados parecidos. Poseídas por dogmatismos que instalan creencias económicas, sociológicas o religiosas por encima de todo, no son capaces de dar cuenta de que las verdaderas diferencias políticas se dan hoy en el terreno de la protección y el cultivo de la libertad que necesitan los seres humanos para inventar su vida con las menores restricciones y cortapisas que sea posible. No creemos en esos viejos dogmatismos. Observamos, por el contrario, que la diferencia sustantiva que hará del mundo y nuestro País un lugar mejor o peor, es la de libertad por oposición a autoritarismo; la de liberalismo por oposición a conservadurismo. Es a esta oposición medular, que las izquierdas y derechas, por igual, no prestan debida atención, cargando en su seno con viejas taras históricas conservadoras y autoritarias.

Más allá de izquierdas y derechas, asumimos que la política tiene los más grandes impactos en los cambios culturales. La política está hoy unida indisolublemente a la cibernética, nuevas y creativas formas de la comunicación para el acuerdo y la atención del conflicto sobre avenidas inéditas para ejercer una pedagogía pública que sea un apoyo de lo emocional y posibilite el ejercicio de la inteligencia y el sentido de la existencia colectiva. En la política se fragua el nosotros, clave de la libertad y el acomodo a las realidades. La cultura en política es referente de la experiencia de la satisfacción colectiva, se trata de vivir de conformidad a los nuevos referentes de las realidades y de convivir de conformidad a los cambios que la política impulse. La política es definida por redes que empujan un fortalecimiento del individuo y sus relaciones. La política es la salvación, es reciprocidad fundada en la verdad, esto es la confianza. Los/as liberales chilenos/as apostamos por refundar la política.

Invocando nuestra historia.

Los/as liberales del ayer, fueron laicos, rebeldes, cultos, humanistas, globales y profundamente reformistas. Es por ello nos sentimos herederos del liberalismo del siglo XIX en Chile y de sus líderes. Vemos en ellos un auténtico liberalismo político que luchó por transformar a la naciente República en un país democrático y descentralizado, oponiéndose –como José Miguel Infante o Ramón Freire- a todo tipo de autoritarismos y nacientes tiranías que pretendían concentrar el poder en la élite de Santiago.

A su vez, fueron rebeldes como Francisco Bilbao, quienes nos enseñaron que los valores de la libertad y la igualdad no son una contradicción, como nos han hecho creer izquierdas y derechas durante el posterior siglo XX. Así también hubo liberales, como el Presidente Balmaceda, que comprendieron la importancia de los bienes públicos como la educación y la infraestructura, haciendo un tremendo aporte a ellas.

Tres libertades inseparables.

En Chile, los/as conservadores/as en la derecha suelen defender la libertad económica pero repudia firmemente las libertades individuales en materias valóricas, asignándole al Estado un rol moral. A su vez, la izquierda, si bien defiende libertades de conciencia, mantiene una sospecha permanente con la generación de riqueza y el emprendimiento. Además, en muchos casos, unos y otros han votado juntos por frenar reformas al sistema político, que impiden mayor competencia y mayores libertades políticas.

Es por esa razón, que nuestro rol es ofrecer al país un auténtico liberalismo de tres libertades –para nosotros- inseparables: libertades individuales en materias valóricas, exigiendo neutralidad del Estado frente a las opciones religiosas; libertades políticas para democratizar el poder y reducir los autoritarismos; y libertades de iniciativa, competencia y de emprendimiento, sin complejo por la generación de riqueza, sin guardar un dogmatismo mercadista.

IGUALDAD.

Cada vez que en el siglo pasado se descuidó la igualdad, las sociedades se convirtieron en estructuras de castas incubando violencia. Una sociedad donde muchos viven con la seguridad de que son inferiores debido a un hecho natural, por derecho divino, por la no pertenencia a grupos cerrados aristocráticos u oligárquicos, por injusticias en la repartición de recursos, o por simple contingencia y mala fortuna, convierte el don de la vida en un trago amargo.

Unos sufren la humillación constante de sentirse injustificadamente inferiores, como un destino fatal y sin remedio, prejuzgados, excluidos, “perdedores” de entrada. Los otros, “ganadores”, no consiguen darle a sus logros un sentido final de orgullo, sospechando, con mala conciencia, de injusticias generalizadas a su favor, ventajas a priori que producen ánimos defensivos de reclusión, segregación y privacidad. Entre los que viven sufriendo abiertamente una humillación constante, y quienes viven sufriendo la inseguridad de sentirse más o menos sitiados, obviamente no podrán construir una buena sociedad.
Somos liberales convencidos del hecho, evidente para nosotros, que los logros económicos y la posición social de los individuos obedecen tanto a sus méritos individuales, como a sus condicionamientos sociales, los recursos iniciales de todo tipo de que disponen al iniciar su vida y a la suerte pura y dura ante las contingencias. Estas no son bases para construir una sociedad justa y humana. Queremos igualar los condicionamientos, emparejar las ventajas iniciales, e incluso compensar por la mala suerte. La conocida consigna “igualdad de oportunidades” sigue teniendo un peso fundamental en nuestra conciencia, y a pesar del uso liviano al que ha sido sometida a menudo y lo complicada de cumplir que pueda parecer, nos compromete profundamente.

Si las condiciones económicas y la posición social de los individuos son el resultado de sus méritos, todo está bien. Pero si son el resultado de condicionamientos que no están en sus manos, nada resulta justificado.

Queremos constituir una ética social de merecimientos, una meritocracia, basada en la interpretación, que debe ser ampliamente sentida, de que la posición económica y social de cada persona es el resultado de sus propios esfuerzos, y no de condicionamientos sociales o contingencias.

Cómo produce la sociedad las oportunidades que disponen las personas constituye un proceso complejo que nadie entiende por completo. Pero esa no es razón para no comprometerse con su igualación; por el contrario. Desde esa convicción necesitaremos experimentación y ensayos constantes, así como adoptar las soluciones que se encuentren en otras partes del mundo.

Necesitamos leyes y reglas, pero por sobre todo, necesitamos cultivar una ética social de igualdad. Hay estándares de diferencias económicas y sociales que debemos adoptar, y considerar que sobrepasarlos es indigno de una sociedad con un mínimo de decencia.

Solo con un trasfondo ético de igualdad, una ética de merecimientos puede hacerse carne en el sentimiento de la ciudadanía, adquirir legitimidad y crear un estado de ánimo de vivir en una sociedad justa.
Igualdad y desigualdad en Chile.

Chile es una país clasista, económicamente muy desigual, con el poder político extremadamente concentrado en una pequeña elite. Para los/as liberales esto es inaceptable. Hay algo de fondo inconcluso en nuestra Nación. En una sociedad tan desigual, la libertad corre el riesgo de convertirse en un derecho vacío para la mayoría, y en una sandía calada para un grupo pequeño. Nos compromete la necesidad de cultivar una ética de igualdad en Chile, con estándares tan precisos como exigentes, que convierta en una tarea legítima la búsqueda permanente de todos los mecanismos e instituciones que sean necesarios para que ellos sean cumplidos a plenitud.

Constituye un noble desafío histórico, que no se conseguirá de un día para otro, y para el cual nadie tiene soluciones definitivas a la mano. Para enfrentarlo, no nos cansaremos de invitar a todos/as los/as chilenos/as con un mínimo sentido de justicia y decencia, a no cejar en el empeño por hacer de Chile una sociedad de cuya igualdad podamos enorgullecernos todos/as.

DIVERSIDAD.

En una sociedad de personas libres florece la diversidad. Sin embargo, los/as liberales no queremos dar nada por hecho, y estamos comprometidos a cuidar activamente la diversidad como valor social fundamental. No queremos que se repita la historia de reconocer derechos y libertades solamente a unos, considerando que los otros no los merecen por una razón u otra, “evidentemente justificada”.

En esto el siglo pasado fue quizás especialmente insensible. Ideologías de diverso signo, con presunciones tan simplonas como arrogantes, dieron por hecho que sabían en qué consiste una vida humana “normal”; qué queda dentro y qué debe ser dejado fuera de los límites de lo humano. La sociedad se fragmentó así entre lo sano y lo patológico, lo normal y lo monstruoso, lo aceptable y lo inaceptable, lo moderno y lo primitivo, nosotros y los otros, lo nuestro y lo alienígena, trayendo consigo persecuciones, crueldad y violencia; al mismo tiempo que impusieron una empobrecedora homogeneidad a la vida social.

Tradiciones religiosas y raciales, concepciones políticas e históricas, y el puro y simple provincianismo dogmático y xenofóbico, han estado en la base de todo esto. Pero también el cientificismo, con sus pretensiones de verdad científica naturalista, ha contribuido con una pesada carga de desgracias. Géneros, preferencias o condiciones sexuales, formas y estilos de vida, tradiciones culturales, condiciones biológicas y “mentales”, han sido consideradas sistemáticamente fuera de los límites aceptables.

Los/as liberales apreciamos especialmente la diversidad. Cada vida humana constituye una invención original, un ensayo de vivir de cierta manera; diseños con su propia estética, su dignidad, su sentido especial. Estas variaciones constituyen una riqueza esencial de lo humano y lo vivo. De aquí provienen las nuevas formas de vivir, nuevas expresiones culturales, económicas y políticas, que inventan permanentemente nuevas maneras de aventurarnos a lo desconocido que viene con el futuro. Las necesitamos encarecidamente.
Diversidad y exclusión en Chile.

Chile es una sociedad excluyente. Históricamente avanza como el último vagón del tren de la historia en el reconocimiento y dignificación de minorías con valores y formas de vida distintas al conservadurismo y lo tradicional.
Tenemos una larga historia de desprecio y segregación de los pueblos originarios, llegamos tarde, de mala gana y, en ocasiones, nunca, a reconocer la normalidad y dignidad de condiciones y prácticas sexuales diversas, así como variadas situaciones de género, expresiones diversas de afecto y familia, aceptar plenamente los derechos reproductivos de las mujeres y el derecho a una muerte digna, y tenemos una larga historia de exclusión, bajo el término minusvalía, de expresiones de vida humana tan valiosas, dignas y nobles como cualquiera.

A los/as liberales nos duele este conservadurismo estrecho y rígido que nos tiene atrapados. Cualquieras sean las elevadas razones que se arguyen a menudo para no salirse de lo tradicional, al final la exclusión es cruel. No queremos que Chile siga marcado por la crueldad. Nos compromete absolutamente la valorización de la diversidad. Quisiéramos que nuestro país sea un lugar donde la diversidad de la vida humana pueda florecer en plenitud.

CUIDADO DEL MEDIO AMBIENTE NATURAL Y SOCIAL.

El siglo XX nos legó un desafío inédito, y una nueva disciplina científica: el cuidado del medio ambiente que soporta la vida, y la ecología.
El medio ambiente no era preocupación de nadie, liberales o no, hasta mediados del siglo pasado, y no era posible imaginar que se necesitaría una aproximación científica nueva. La conquista del mundo, basada en la tecnología de base científica, parecía asegurada. La planeación o el mercado competitivo sin limitaciones harían el truco de la expansión productiva continua. Hasta que la naturaleza y el planeta se hicieron presentes, de súbito, como una realidad insospechadamente limitada y finita: la biodiversidad corre peligro, las aguas oceánicas se acidifican, la atmósfera se calienta, algunas grandes ciudades son prácticamente invivibles. La ciencia y la tecnología que debían corregir todo esto, no solo no consiguen hacerlo, sino que se han convertido en importantes causas del fenómeno.

La convicción crece de que la vida, como fenómeno biológico y social, no se deja reducir por completo a la mirada analítica, anatómica, que separa todo en componentes aislados, de la tecnología tradicional sin ser destruida. Hoy se reconoce que la interconexión múltiple es la característica esencial de lo biológico de lo social. Vivimos en nichos, en espacios de relaciones que poseen una totalidad, o integridad holística, que no puede descomponerse y planearse o manejarse componente a componente, sin dañarlos seriamente.

Nuestras familias son nichos holísticos así; nuestros barrios; nuestras localidades; nuestras ciudades; nuestras naciones; el planeta en su conjunto. En muchos sentidos, no pueden ser manejados analíticamente, separando componentes, sin producir daño. La única manera de lidiar con ellos es cuidando el espacio en su totalidad. La planeación racionalista predictiva, de base científico técnica tradicional es fatal. El mercado atomizado, sin trabas, también.

Los/as liberales nos comprometemos a hacernos cargo de este reto histórico. Es un desafío gigantesco para el que no hay soluciones probadas ni fórmulas definitivas. Debemos enriquecer y transformar la forma de pensar la sociedad, la economía, la política; la acción humana y sus instrumentos. Lo que provenga del racionalismo lineal analítico y la tecnología que segmenta el mundo, que practicamos hace siglos, no es suficiente. De hecho, puede ser dañino. Cada acto humano, sea productivo, de consumo, de creación legal, de práctica y relacionamiento cotidiano, además de producir sus resultados específicos económicos, políticos y sociales, cuida o destruye los nichos y mundos que habitamos.

Los/as liberales declaramos que el cuidado holístico de los múltiples espacios sociales donde se despliega y adquiere significado nuestra existencia – familia, localidades, barrios, ciudades, industrias, redes sociales, universos culturales, etc. – es una preocupación esencial del presente. Y lo mismo vale para el cuidado de los nichos ecológicos donde florece la vida en general.
Para nosotros, como liberales, la trascendencia de la existencia humana se da cuando las personas, libremente y de diversas maneras impredecibles e inimaginables, dejan atrás la auto-absorción y la auto-referencialidad de una vida tan segmentada como egoísta, para centrar su atención en los otros, y diseñar sus actos tomando en cuenta esencialmente el cuidado del todo a su alrededor.

Medio ambiente natural y social en Chile.

Por su situación geográfica Chile tiene un elevado endemismo, lo que constituye uno de sus mayores tesoros. El clima, un regalo natural, resulta óptimo para producir alimentos de tipo mediterráneo, que configuran una dieta de alta calidad y extremadamente sana. El norte constituye el mejor colector de energía solar del mundo, que solo comenzamos a aprovechar en su componente utilizable en astronomía; pero es un enorme recurso energético.
Sin embargo, su medioambiente es extremadamente frágil. Los glaciares andinos, valiosas fuentes de reservas de agua, están seriamente amenazados por el calentamiento del clima global. La superficie utilizable, habitable y cultivable, de nuestro territorio es extremadamente estrecha, así como nuestra plataforma marina continental es muy reducida. Encerrados por la cordillera, nuestros valles acumulan el esmog que produce nuestra modernidad, nuestras ciudades se asfixian. El efecto sobre la salud es terrible.

Los/as liberales no escabulliremos la gravedad y fragilidad de la situación. Y no queremos asumir una posición pasiva o reactiva. No solo es posible paliar y morigerar los efectos ambientales del crecimiento económico. Nos compromete hacer de nuestro medioambiente una oferta para los habitantes del mundo. Podemos llegar a ser una potencia en la producción de los alimentos del futuro. Podemos convertirnos en partícipes activos de la revolución energética solar que se está abriendo camino en el mundo, así como en la creación de nuevas posibilidades para reemplazar las aguas de los glaciares por agua desalada del mar. Así, podemos anticiparnos a los cambios climáticos globales y convertir el futuro en una ventaja histórica.

Es imprescindible limpiar nuestras ciudades. Aquí, una vez más, nadie tiene la solución mágica a la mano. Se necesitará un persistente compromiso de largo plazo de innovación, ensayos radicales, medidas audaces y un persistente esfuerzo cotidiano en muchos planos simultáneos. Nuestros grandes proyectos industriales, mineros y de infraestructura deben ser diseñados y construidos con pleno respeto a las comunidades locales donde se instalan. No basta con morigerar sus impactos ambientales, tal como los definen cálculos tecnocráticos unilaterales; necesitamos aprender a valorar y cuidar la calidad de vida de los espacios locales donde la convivencia humana se desarrolla. El valor de vida que estos espacios locales – paisajes, lugares, pueblos, barrios, ciudades – adquieran se constituirá en una identidad esencial del aporte de Chile a la vida humana en el planeta. Es evidente para nosotros que necesitamos una democracia más conectada con estas diversas localidades, que dé a los/as ciudadanos/as que viven en ellas poder de negociación con los poderes que pueden deteriorarlas “desde arriba y afuera”, en ocasiones comparativamente gigantescos, y les permita la tarea de proteger y diseñar dichos espacios, y tomar responsabilidad por ellos.

Los/as liberales queremos invitarlos a todos/as a esta aventura imprescindible de convertir una seria amenaza histórica en una característica esencial de nuestra identidad: un país “sello verde”, limpio y sano, y oferente fundamental de cuidado ecológico y salubridad al mundo a nuestro alrededor. La naturaleza nos ha dado grandes recursos; invitamos a todos/as a ponernos a su altura.

PARTIDO LIBERAL DE CHILE

Somos un partido fundado por una generación de jóvenes sub 35 y otros de espíritu joven. Nuestra orientación es liberal-progresista o liberal-igualitaria, reivindicando la dimensión humanista y democrática del liberalismo.

Como Partido Liberal de Chile somos miembro de la Internacional Liberal, por lo que reconoce y suscribe el Manifiesto Liberal de Oxford de 1947 y su actualización de 1997.