Por Patrice Léger, Encargado de Asuntos Europeos del PL


Europa acaba de vivir el mayor ejercicio de democracia transnacional en el mundo. Del 23 al 26 de mayo, los ciudadanos de los 28 países de la Unión europea fueron a las urnas para elegir a los 751 diputados que los representaran en el Parlamento europeo, institución central en el sistema político europeo. A través de esa votación única, pudimos medir la temperatura política de un continente entero y augurar del futuro de la Unión europea.

La primera lección de esas elecciones es que la legitimidad democrática de la Unión europea salió reforzada por una participación que alcanzó el 51%, un record desde 1994. Tras una década marcada por las múltiples crisis financiera, económica, migratoria, junto con la urgencia ecológica y el espectáculo del Brexit, los europeos mostraron a través de su voto una clara toma de conciencia que los principales desafíos de futuro se juegan a nivel europeo, y no solo nacional o local.

Estas elecciones también demostraron que el populismo de extra derecha si se puede refrenar. Fuera de aplastante y preocupante victoria de Matteo Salvini en Italia, los populistas consiguieron resultados estables (Francia) o en clara baja (Holanda, Dinamarca, Austria) comparado con las elecciones previas. Al final, la nebulosa de ultra derecha subió en cantidad de escaños, pero sigue altamente incoherente y fragmentada, incapaz de influir de cualquier forma en los procesos legislativos.

Otro hito notable, ese Parlamento ya no será regido por el duopolio formado por el grupo conservador (PPE) y los social-demócratas (S&D), los cuales perdieron cerca de 40 escaños cada uno, marcado por la pérdida de influencia de varios partidos tradicionales de gobierno. Un bloque centrista y liberal en clara alza se impuso como fuerza central e indispensable para formar mayorías. En un contexto marcado por la movilización ciudadana en defensa del clima, los verdes lograron imponerse como la cuarta fuerza del Parlamento europeo, gracias en gran medida a sus éxitos en Alemania y Francia, imponiéndose como primera fuerza de izquierda en ambos países.

Cabe destacar la solidez electoral de Emmanuel Macron en Francia. Si bien el partido de Le Pen logró imponerse como primera fuerza del país con un 23,31% de los votos, esta cifra está en leve baja comparado con las elecciones anteriores del 2014. En una elección donde los gobiernos a mando suelen sufrir por el voto protesta, y tras seis meses de manifestaciones de las chaquetas amarillas, la lista Renaissancede la mayoría presidencial llegó segunda con un 22,4% de los votos, manteniendo firme la base electoral conseguida en la presidencial. Y, por si fuera poco, las partidos socialistas y conservadores que dominaron los últimos 50 años de vida política ya no representas más del 15% del electorado, consolidado a Emmanuel Macron como la única opción de gobierno en Francia. Al formar la delegación más amplia del grupo central liberal, la bancada macronista colocará a Macron al centro del juego político europeo.

Los ciudadanos europeos convergieron en masa a las urnas para componer un parlamento que refleja el paisaje político en varios países: diverso, fragmentado, y en plena recomposición. Con una fuerte influencia de los liberales y los ecologistas, se abre una oportunidad única de cerrar una década perdida de crisis económica y política e implementar una agenda progresista para abrazar los desafíos de largo plazo del continente, entre las cuales la transición hacia un modelo económico sostenible y la defensa de los valores democráticos antes los ataques de las fuerzas iliberales dentro y fuera de Europa.

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