Waldo L. Parra.
Abogado. Doctor en Derecho PUC. Profesor Universitario FEN U. de Chile.

Existen muchos autores que permiten justificar, en tal o cual sentido, una determinada definición acerca de lo que pueda entenderse por liberalismo. Ahí tenemos, por ejemplo, a Mill, respecto del cual, algunos como Gray señalan que si hay alguien al que pueda calificarse de liberal, es a Mill. También está Rawls, para quienes como Nagel, lo que hizo fue “combinar los muy sólidos principios de la igualdad social y económica vinculados al socialismo europeo con los igualmente sólidos principios de tolerancia pluralista y libertad personal asociados al liberalismo estadounidense”. Una suerte de maravilloso sincretismo; una dorada medianía, un deseado punto medio. Finalmente, algunos, incluso han llamado liberal a Bobbio, que trataba de alejarse de los ismos, en busca de una síntesis que lograra lo que él mismo consideraba difícil de resolver, puesto que, según sus propias palabras: “no existe ninguna sociedad que pueda realizar toda la libertad y toda la igualdad.” Sin embargo, planteado de esta manera, creo que quienes pueden darnos una noción más nítida y certera acerca de lo que podemos entender por liberalismo, son otros tres autores muy distintos a los anteriores: Alexis de Tocqueville, Karl Popper y Ronald Dworkin.

Tocqueville, que hasta cierto punto, podríamos homologar con Darwin, puesto que su libro De la démocratie en Amérique lo sitúa en un mismo nivel que el célebre naturalista inglés, pero en lo que respecta al pensamiento político contemporáneo, Efectivamente, no se trata solo de la coincidencia de haber emprendido un viaje, en este caso a Norteamérica – estuvo en Estados Unidos y en Canadá -, sino que, de dicha travesía surgió esta obra magistral que trata sobre el diagnóstico de aquellos problemas que resultan fundamentales para la democracia representativa, como es la tiranía de la mayoría, el absolutismo popular, y la subordinación de la intelectualidad a los prejuicios de la decadencia, todo temas tan relevantes actualmente, que parecieran provenir de un adelantado adivinador más que de un atento e inteligente observador.

Por su parte, Popper, mundialmente conocido por su magna La sociedad abierta y sus enemigos, parece orientarnos en la búsqueda de las respuestas a aquellas preguntas más relevantes, cuando nos dice que “un Estado racionalmente planeado a partir de una tabula rasa sin tradiciones” resulta un imposible. Y agrega que esto es así porque “el principio liberal exige que las limitaciones a la libertad de cada uno que la vida social hace necesarias deban ser reducidas a un mínimo e igualadas todo lo posible (Kant).” Pero, luego el intelectual vienés se pregunta: ¿cómo podemos aplicar a la vida real un principio semejante? ¿Debemos impedir a un pianista que estudie o debemos privar a su vecino de una siesta tranquila? Esos problemas sólo pueden ser resueltos en la práctica apelando a las tradiciones y costumbres existentes y a un tradicional sentido de justicia; a la ley común, como se la llama en Gran Bretaña.”

De esta manera, Popper se aleja de un liberalismo de trinchera, bolchevique y, finalmente, relativista. Muy por el contrario, Popper nos invita: “Trabajad para la eliminación de males concretos, más que para la realización de bienes abstractos. No pretendáis establecer la felicidad por medios políticos. Tended más bien a la eliminación de las desgracias concretas. O, en términos más prácticos: luchad para la eliminación de la miseria por medios directos, por ejemplo, asegurando que todo el mundo tenga unos ingresos mínimos. O luchad contra las epidemias y las enfermedades creando hospitales y escuelas de medicina. Luchad contra el analfabetismo como lucháis contra la delincuencia. Pero haced todo esto por medios directos. Elegid lo que consideréis el mal acuciante de la sociedad en que vivís y tratad pacientemente de convencer a la gente de que es posible librarse de él. Pero no tratéis de realizar estos objetivos indirectamente, diseñando y trabajando para la realización de un ideal distante de una sociedad perfecta”.

Finalmente, más allá de las preguntas que puedan resultar primordiales, y de las respuestas ciertas y determinadas que podamos encontrar a esas mismas grandes interrogantes, Dworkin nos advierte que lo esencial es que el “liberalismo [nos] exige una conducta política que difiere marcadamente de la conducta que consideramos correcta en los asuntos cotidianos.” De este modo, agrega “el liberalismo necesita conciliar la ética con la política, ya que exigen diferentes conductas, y la conciliación debe dar lugar a que las exigencias políticas justifiquen la promoción del liberalismo en condiciones adversas.” Esta posición de Dworkin se asemeja a la planteada por Rivacoba, quien nos recuerda que “el hombre es, por esencia, un ser moral y, por tanto, su disposición y su calidad ética no puede dejar de moverle y de transparentarse en ninguna dimensión de su vida, en ninguna esfera de su actividad, y, por consiguiente, tampoco en la política. En palabras de Kant, Rivacoba agrega que “la verdadera política no sabrá dar un paso sin antes haber rendido un homenaje a la moral […]. La honradez es la mejor política, o si no, la honradez es mejor que la política. El político vulgar atiende a lograr un fin. Por el contrario, el político moral dice: “Buscad primeramente el reino de la justicia, y el fin se os dará por añadidura”.”

Son estas exigencias las que deben motivar el comportamiento de un liberal, cualquiera que sea el apellido o apelativo que se le agregue o moteje, cualquiera que sea el significado que queramos otorgarle o la tradición a la que pertenezca, y cualesquiera que sean las preguntas que nos hagamos o entredichos por lo que estemos dispuestos a dar la vida si fuese necesario. Y esto es así, porque en el embarullado mundo que nos ha tocado vivir, con sus luces y sus sombras, no cabe desistir de los principios y valores que sustentan nuestra sociedad por más burguesa que esta sea –y quizá por esa misma sólida razón-, ni poner a la venta nuestras convicciones, cualquiera que sea la actividad que desarrollemos, cualquiera sea el lugar o tiempo en el que nos desenvolvamos, y cualesquiera que sean las normas o presupuestos que nos rijan, puesto que “la elevación y el valor de una concepción ética no se mide por su contenido eudemónico, por lo que pueda lisonjear nuestra sensibilidad, sino por la validez universal de sus dictados para regir la conducta del hombre (…)”.

Finalmente, habiendo dicho todo lo anterior, no cabe sino regresar, decididamente, mil veces mil sobre lo mismo: “solo viviendo en libertad y compartiéndola con todos, sólo desde y en la libertad, no resultan un ludibrio y a la postre un sarcasmo trágico la igualdad y los intentos y esfuerzos por lograrla, y cobra sentido y resulta asequible la fraternidad.” Únicamente en el convencimiento que es esta la máxima que rige a los liberales, otros podrán considerarnos como tales.

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