Carta al director enviada por Felipe Bazaez Mellafe a El Mostrador, publicada el 3 de mayo de 2017-

A raíz del Oficio emitido por la Superintendencia de Educación.

La educación en Chile mientras se mantenga en su modelo actual, incrustada en un mercado desregulado, seguirá siendo fuertemente criticada, esto por supuesto se complica aún más cuando consideramos las libertades individuales. Es necesario comprender que la educación es un bien social y público, que debe ser de fácil elección y acceso, debe tener un fuerte componente igualitario tanto de acceso como de calidad entre otros, así como también, un respeto –y garantías- hacia las libertades individuales de cada alumno.

La diversidad es la base principal del reconocernos como iguales, es entonces esto lo que nos ha permitido grandes avances en sociedades cada vez más inclusivas –más en algunas áreas que en otras- por lo tanto parece muy razonable seguir avanzando por esta vía. Debemos entonces agradecer el oficio entregado por la Superintendencia de Educación respecto a medidas necesarias para la correcta inclusión de niños transgénero en los establecimientos educacionales, evitando así la categorización y discriminación arbitraria, el aislamiento, o mejor dicho, la pérdida de oportunidades de un niño por los estereotipos y prejuicios arraigados hace mucho tiempo en nuestra sociedad.

Deben ser fuertemente sancionados aquellos colegios que según su visión se niegan a la inclusión, las creencias son cosa de la vida privada, y la inclusión en conjunto con la educación son de la vida pública, basta ya de hacernos creer que estas creencias se basan en cuestiones de género.

Por lo tanto, la Inclusión Social que es un término muy amplio, que debe estar presente en cada discurso, en cada medida, en cada cambio, es necesario que dejemos de pensar en la dualidad del género, y pensemos en la diversidad de las capacidades de cada individuo, que debe tener garantizada su oportunidad de desarrollar el proyecto de vida que desee, de la manera más conveniente posible. Esta discusión debe continuar con la gran deuda que tenemos con las personas en situación de discapacidad –una de las mayores deuda-, con los extranjeros, los pueblos originarios, las creencias religiosas, por solo nombrar algunas de las más importantes.

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