Fidel: no te recordaré

No soy parte de la generación que vibró –en su juventud– con Fidel y la revolución cubana. Por varias razones, Fidel está muy lejos de mí. No me siento parte de esa estética, de su lenguaje, ni mucho menos de su forma de gobierno. La mía es otra época. La que dejó atrás el lenguaje hostil contra la “democracia burguesa” y que justificaba cualquier atrocidad en pos de la dictadura del proletariado. La mía es otra época, una que dejó atrás la Guerra Fría, y que espera que siga siendo así.

Si bien respeto a aquellos que tuvieron esa épica, de loable finalidad de terminar con la corrupta dictadura de Batista por medio de un necesario movimiento de liberación nacional, no se me puede pedir que añore o alabe la figura de Castro 50 años después de su propia dictadura.

Soy parte de una época que valora la democracia y repudia todas las dictaduras. O al menos eso quiero creer. Un momento civilizatorio distinto, imperfecto, pero superior al anterior. Una época que exige más democracia y que, a pesar de los pesimismos que trae la ofensiva conservadora de la xenofobia y el proteccionismo, no podemos negar que hemos logrado ciertos consensos democráticos para convivir pacíficamente, bastante inéditos en la historia de la humanidad, aunque con nuevos retos que asoman.
Me cuesta creer que una dictadura pueda tener algo que enseñarnos a las democracias, con todo lo imperfecta de estas. Algunos me replican que Cuba tiene que enseñarnos los derechos sociales. Quizás haya un poco de cierto en el caso chileno, debido al fanatismo neoliberal y autoritario de nuestra Constitución. Sin embargo, el avance de los derechos sociales no puede ser sacrificando los derechos individuales y políticos, como sucede en Cuba. Por el contrario, las democracias más desarrolladas han demostrado que estas tres clases de Derechos Humanos son inseparables.

Así dan cuenta países como Dinamarca u Holanda, probables exponentes de este momento civilizatorio superior que menciono, donde los derechos sociales se han alcanzado en plena convivencia con los derechos individuales y políticos: países de los cuales debemos aprender mucho, por su inteligente y civilizada combinación de libertad e igualdad.

La justicia social no merece ser excusa para dictaduras, tal como tampoco debe serlo el orden y el crecimiento económico, como algunos justifican la dictadura chilena. Lo cierto es que la justicia social puede ser conquistada en democracia. Por eso, soy un escéptico de las revoluciones del siglo XX. No comparto la revolución colectivista de Fidel, ni tampoco la revolución neoliberal de Milton Friedman, ambas producto del fanatismo y la ausencia de democracia.

Por tus violaciones a los derechos humanos, por tu liderazgo militarista, por suceder el poder en tu hermano, por oprimir al pueblo cubano, Fidel, no te recordaré.

Link a columna en El Mostrador.

Por Vlado Mirosevic

6 de Diciembre 2016

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